A ver, que levante la mano aquel o aquella que haya aprendido inglés (o francés…) “en condiciones”… ¡Uff, qué pocos españoles! Yo la verdad es que me pasaba el tiempo estudiando, como casi todos, una retahíla de verbos que pronunciaba de “aquella manera”, memorizaba, traducía y volvía a memorizar. De hablar, ni una palabra. En la clase todos éramos mudos y, de vez en cuando, nos frustrábamos aún más porque el profesor o la profesora de turno (muy español/a) nos ponía una canción de la que no entendíamos nada. ¿Te suena? ¡A quién le iba a apetecer ponerse a enseñar luego de esa manera! A mí no, desde luego, y empecé periodismo. Escribir era lo mío.

Lo bueno es que, estadísticamente, sí sabía inglés y bastante bien, sabía toda la gramática que se podía saber y había estado con el mismo tema “dale que te dale” la friolera de quince años. “Sé inglés bien y me voy a Inglaterra a perfeccionar”. Con la llegada al aeropuerto ya tuve bastante para darme cuenta de que hablaban otra cosa, de que debían estar “equivocados”. Tragué saliva y pregunté a una persona algo que le dejó (más) frío. A mí, su respuesta me sonó exactamente a chino. ¡Qué decepción! O sea, que no iba a entender nada, ni me iba a poder explayar de ninguna manera. Todas mis maletas estaban llenas de gramática, de verbos y de conjugaciones pero la capacidad de entender y de hacerme entender me la había dejado en casa.

Hice lo que casi todos los cómodos: juntarme con españoles, eso sí con mucho remordimiento de conciencia. Algo aprendí después de algunos meses (y bastantes cervezas), pero tuve que estar casi un año entre “los english” para tener un nivel posiblemente medio y sacarme “el First” a la vuelta.

Con todo este background, ¡como para dedicarme a la enseñanza ELE! Pero ocurrió el milagro. Hice un curso en una escuela bastante conocida y fue una revelación: se podía estudiar de otra manera. Aprender una lengua no tenía nada que ver con lo que había padecido hasta entonces. El profesor hacía hablar a la gente, la motivaba, la levantaba de su asiento, hacía que trabajara en parejas, en grupos pequeños, que leyera tarjetitas pegadas en la pared, que cantara, que hiciera teatro… Sencillamente, me encantó. Al fin encontré lo que me apasionaba: quería dar clase de español a personas extranjeras y quería hacerlo de aquella forma dinámica y divertida.

Así que, con mi socia Cecilia, montamos una escuela en el centro de Madrid. Le pusimos el nombre de “Acento Español” y fuimos felices durante muchos años porque hicimos lo que nos propusimos: que muchas personas aprendieran nuestra lengua de la forma más sencilla y rápida posible. Y, además, que disfrutara haciéndolo. Cientos de estudiantes de todo el mundo pasaron por nuestra escuela durante casi 10 años. Tengo la imagen de muchos de ellos en mi mente… Cómo olvidarme de Yusuke, de Shinobu, de Junko, de Yukimi (los japoneses son unos estudiantes entrañables), de Giacomo, de Helen, de Valentina, de Juliette, de Kim, de Michael, de Bruce… en fin, una experiencia magnífica, absolutamente enriquecedora.

Por la escuela pasaron también muchos profesores que hoy dan clases en Institutos Cervantes o Escuelas oficiales de Idiomas, profesores que son también autores de nuestros libros ELE. Queríamos tener a los mejores… y los tuvimos. Hicimos ingente material en los talleres formativos y era material que utilizábamos luego en las clases. De la elaboración, edición, adaptación y ejercicio de pulido, surgió lo que ahora es la editorial Acento Español. Todos nuestros libros han nacido en el aula y para el aula; desde nuestra pasión por enseñar y aprender juntos. Por eso merecen tanto la pena: porque hay mucha alma y trabajo en ellos.