“A ver, me preparo los materiales, me curro la gramática que tengo que explicar, corrijo cada dos por tres, escribo en la pizarra, les pongo el powerpoint, les traduzco lo que no entienden, me lío con las audios y con los vídeos, y, ¿qué me dices, Pepi, que también tengo que motivar? Mira, oyes, que vengan motivados ya de casa. Yo no puedo más”.

“Pero, hombre, Bom, ¡qué cosas tienes!”

Chicas, pregunto, ¿quién es el responsable de la motivación en la clase?

Yo diría que TODOS somos los responsables. Los alumnos, efectivamente, tienen su parte de responsabilidad como personas “maduras” que quieren y desean aprender un nuevo idioma. Y, nosotros, como profesores y educadores, también tenemos una responsabilidad enorme en poner en marcha técnicas y estrategias motivacionales que favorezcan que el alumno se encuentre bien, a gusto en clase, y que, por ende, se implique en todo.

“Bueno, chica, visto así…”.

Venga, vamos a ver algunas técnicas de motivación que pueden ayudarnos a tener éxito en la clase ELE: estrategias que facilitan y promueven que nuestros alumnos se encuentren más motivados y predispuestos a participar para conseguir el mejor resultado posible.

1. Conocer qué es lo que el alumno quiere conseguir viniendo a nuestras clases. ¿Cuáles son sus objetivos? Bucear desde el primer momento y durante todo el curso en saber cuáles son sus expectativas, ¿por qué están ahí? Y responder a ellas en la medida de lo posible: llevar a clase temas de su interés, actividades que despierten su curiosidad, tareas que luego les van a servir para desenvolverse en su día a día… “Cosas” significativas, útiles, interesantes y prácticas para que el alumno encuentre sentido a su aprendizaje. "¿Para qué quiero yo saber las líneas de metro de Madrid si vivo en Barakaldo?". Palabra mágica: Adaptamos material a los diferentes contextos.

2. Hacer ver al alumno la utilidad de las actividades que llevamos a clase, explicando claramente el objetivo y propósito de las mismas. Aunque el objetivo de lo que queremos conseguir nos parezca diáfano, decirlo, preguntarlo: “¿Os ha gustado la práctica? A ver, Yovanna, ¿qué es lo que hemos practicado? Pues sí, eso es, con este dominó hemos practicado las formas del futuro imperfecto”. 

3. Es la tercera, pero quizás tendría que haber empezado por aquí: como en todos los trabajos, y en este muchísimo, que nos guste lo que hacemos. Lo ideal es que podamos mostrar en clase una actitud positiva, de empatía y respeto hacia todos con una mentalidad abierta y libre de juicio hacia los demás. Ahí queda.

4. Variar las técnicas de presentación de las actividades y hacerlas interesantes y atractivas: un día introducimos el nuevo lenguaje con un texto, otro día con un audio, al día siguiente, con imágenes; de vez en cuando, hacemos una teatralización o por qué no, introducimos los colores con una canción. Variamos, sorprendemos, despertamos la curiosidad y el interés del alumno.

5. Contextualizamos a la hora de presentar las actividades. “Página 103, actividad 5. A ver, Paul, lee. ¿Habéis entendido? Pues contestamos a las preguntas que aparecen. Tenéis 20 minutos”. Oye, hasta al alumno más motivado del mundo, esta técnica le puede llegar a saturar. Creamos el contexto, a través de diferentes recursos (algunos ya los hemos visto resumidamente en el punto anterior), donde se van a presentar las nuevas formas. Sustituimos el “Hoy vamos a estudiar el pretérito perfecto” y “Estas son las formas. Escribid” por la creación de una situación donde el alumno vea claramente para qué y cómo tiene que utilizar esas nuevas estructuras: ¿Qué tal el escribir, por ejemplo, una serie de horas en la pizarra y empezar diciendo lo que hemos hecho hoy antes de venir a clase y que luego a la hora de dar la explicación gramatical, muchas de las formas ya sean inferidas por el propio alumno sin necesidad de largas explicaciones gramaticales por nuestra parte? ¡Qué alivio! ¿Y si además las acciones las representamos con mímica o nos apoyamos en un alumno que lo haga mejor que nosotros? Es un ejemplo.

6. Damos variedad a la sesión, para no caer en la monotonía, llevando a clase diferentes tipos de actividades: echamos mano de los warmers, de las prácticas más machaconas de las nuevas formas pero con la incorporación preferiblemente del elemento lúdico, ¿qué tal un “oyes-dices”? (los rellena huecos, mejor para casa, si se puede), llevamos textos, canciones, actividades para la práctica de la comunicación como role-plays, debates, listas de prioridades, etc. “Cualquier cosa” para mantener su atención.

7. Este punto no es para todas las clases, pero sí para muchas: hacer actividades y prácticas que no sean demasiado largas. 10 o 15 minutos, y a otra cosa. Mantener la concentración en una determinada tarea durante más tiempo puede ser desmotivador para los alumnos menos acostumbrados al estudio.

8. Dar toda la información para hacer la actividad o tarea en cuestión. ¡Qué desmotivador y desalentador puede resultar el no entender lo que tenemos que hacer o solo entenderlo a medias y que comencemos bien, pero que por la mitad nos falte esa pista o esa pieza que se le ha olvidado al de las instrucciones de Ikea darnos! ¡A la porra con la estantería! ¡Yo no valgo! ¡Que la haga Alberto cuando vuelva a casa! ¡Y no compro más estanterías de estas nunca más! Damos a los alumnos toda la información necesaria y comprobamos que han entendido bien lo que se espera de ellos. Así será más fácil que concluyan con éxito la tarea propuesta.

9. Nos ponemos en la piel del alumno, “somos ellos” y vemos en dónde pueden tener más dificultades para llevar a cabo y culminar con éxito la tarea sugerida, ofreciéndoles diferentes vías de solución a las posibles dificultades con las que se pueden encontrar cuando la lleven a cabo.

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10. Hay tantos alumnos en la clase como formas de aprender. Es nuestra tarea conocerlas y responder a ellas en el aula de ELE. Fijaos en ese alumno oriental que viene queriendo entenderlo todo (maquinita incluida) y que en su vida en una clase de idioma, ni de nada, ha hablado una palabra. Ahora mirad aquel revoltosillo que es incapaz de quedarse 10 minutos quieto, lo llaman ahora “no se qué” y te avisan del cole diciendo que tu niño tiene “ese déficit” y te da un patatus cuando quizás lo único que sea es “kinestésico” y para aprender necesite moverse. Yo, sin ir más lejos. Y, el marroquí que si no habla o escucha, no aprende, o el alemán que si no copia de la pizarra, le falta algo. Entonces, tratamos de responder en la medida de lo posible (no somos tampoco superman o superwoman) a las formas de aprender a las que están acostumbrados nuestros alumnos y lo hacemos lo mejor posible, que ya está bien, que diría Bom. O como nos comenta Dörnyei, ya es bastante con que lleguemos a ser un "motivador suficientemente bueno".

11. Llevamos a clase la información cultural necesaria y fomentamos el diálogo intercultural desde actitudes de respeto. Nos enriquecemos todos con todos. Nosotros aquí, en España, o en Galicia, o en Cuenca, somos así, tenemos estas costumbres, la puntualidad la llevamos de aquella manera, los cinco minutitos son lo que son y el “morteruelo” está buenísimo y se compone de cosillas que igual, tú, siendo musulmán lo mismo no puedes comer. Y si te invito a mi casa, Lin Chu, no hace falta que te quites los zapatos en la entrada ni que te presentes media hora antes porque igual aún estoy con los rulos puestos. Dar toda la información sobre nuestra cultura y nuestras costumbres para que el estudiante sepa qué se espera de él o de ella en cada situación de comunicación, evitando los malentendidos.

Y motivamos favoreciendo un diálogo intercultural la mar de enriquecedor para todos. Aquí es así, ¿y cómo es en tu país? Pues en mi país, cuando saludamos lo hacemos con tres besos, ¡Ah, sí! En el mío no nos tocamos nunca y aquí lo llevo fatal; o en Senegal si te invitan a comer, puedes aterrizar en el desayuno, que no pasa nada, ¡Qué me dices, Papa! Me voy para allá… ¡qué motivador resulta hablar de lo nuestro!, ¡de nosotros!, ¡de nuestra esencia! Es importante conseguir una actitud positiva del alumno hacia la cultura y la lengua que aprende porque eso va a favorecer su progreso.

12. Precisamente, llevar a clase actividades en las que el alumno pueda hablar de sí mismo, y no simplemente de si se levanta a las 8’00 y come a las 12’00, sino también y además, de cómo se siente, de qué opina; dinámicas de aula que hagan a los alumnos conocerse cada vez más entre sí, creando de esta manera un clima afectivo que implique un ambiente más distendido y motivador.

13. Preguntar, despertar el interés y la curiosidad, estimular al estudiante con preguntas abiertas, y no solamente con aquellas cuya respuesta es un “sí” o un “no”, que también, pero no solamente. Y que cuando preguntemos, escuchemos y sigamos preguntando porque nos interesa lo que nos están diciendo, sin preocuparnos muchas veces de cómo lo están diciendo. Ya corregiremos cuando toque corregir. Ahora toca escuchar atentamente. "Y tú, Anna, ¿Qué hiciste el fin de semana?" Fui a un restaurante. "¿Y tú, Robin?", ¡Yo fue a un concierto! "Vamos a ver, chic@s, ya hemos explicado que con las acciones en pasado en un tiempo ya terminado… bla… bla… bla…" Lo lógico en una conversación normal es que si alguien nos dice que ha ido a un restaurante, le preguntemos a cuál, si le ha gustado, qué ha comido… y si ha ido a un concierto… ¡madre mía, qué de cosas para preguntar y compartir! La corrección, muy bien, pero en otro momento. Ahora tienen ganas de hablar de sus cosas y nosotros y el resto de los alumnos, de conocernos más y más.

14. Esta es de manual: Favorecemos en el alumno las expectativas de éxito. Un alumno está más motivado si considera que tiene bastantes posibilidades de finalizar con éxito la tarea. ¡Yes, you can! Me imagino a alguien detrás de mí diciéndome: Venga, mi niña, ¡qué es esta estantería para ti! ¡Lo has hecho otras veces! ¡Mira, aquí tienes el tornillo (de la estantería) que te falta! ¡Lo estás haciendo fenomenal! ¡Te falta muy poquito ya!... Pues mucho más fácil, ¿no?

15. Negociamos en clase. ¿Para todo? Pues quizás no, pero vamos a tenerlo en cuenta. Vamos a preguntarnos si conviene que nosotros seamos en clase los responsables de todo o que entreguemos el testigo a nuestros alumnos y les impliquemos en la toma de decisiones: ¿Preferís hacer esta actividad ahora o la dejamos para después?; ¿qué tal escuchar el audio una vez más?; estoy hoy en plan vago, ¿quién quiere moderar el debate por mí? Muy bien, Paul, con Ivan y Paola, mañana os encargáis de traer las tarjetas de las frutas para… ¡Suena bien!

Bueno, y el próximo día os doy el resto que no quiero “desmotivaros”.

¿Te han servido estos consejos? ¿Querrías añadir alguna recomendación más? ¡Gracias por compartir!